VISTAS ESPECTACULARES DE LA CIUDAD DE GRANADA.


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ORCE (Granada)

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VISTAS: PASEO, IGLESIA, CASTILLO Y PLAZA.

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VISTA AÉREA DEL PUEBLO

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domingo, 5 de noviembre de 2017

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE AGOSTO 2017. ÁNGELES MOLINA



Buenas noches, familia, amigos, visitantes y orcerinos todos.
El día que José Ramón me dijo que si quería decir el pregón de fiestas, me quedé tan sorprendida que le dije:-
 ¡Muchacho! ¿Yo? ¿Y qué voy a decir? Pero fue un momento,  porque el sorprendido fue él cuando vio que aceptaba. Espero no decepcionarlo. Solo hay que ser atrevida y habladora, y esas dos cualidades las tengo. O defecto, según se mire.

Hoy, señor alcalde y Puri, os doy las gracias por darme la oportunidad  de poder agradecer en público a tantas personas que me han ayudado en mi caminar.
Me presento, por si alguien no me conoce. Soy Angelita, nacida en Orce, en el barrio de San Pedro. Molina  y Leoncana por parte de padre. Aludía y Ciñá  por parte de madre.
Emigrante por dos veces. Primero a Francia y después a Barcelona.

Mi niñez fue muy feliz, esa libertad de jugar en la calle con mis amigas a la rayuela, a la soga, a pillar, (siempre llegábamos a la casa con la falda del vestido colgando) , Teatros, casi todos los domingos hacíamos uno en el corral de la tía Rogelia, en el barrio de San Marcos.  Por la mañana lo barríamos y por la tarde actuábamos, no teníamos que ensayar, siempre era el mismo. (En las cuevas que hay en Graná……..) y con las ganancias ya teníamos “pa pipas”. También jugábamos a un juego que se ha perdido, que era una paleta, un taco de madera y un maural. Decíamos: Voli—Troli. Los que han jugado se acuerdan.
Los veranos jugábamos en la “parva” de mi tío Antonio el Ciñao, y en Septiembre nuestra querida feria, con sus columpios y la caseta del turrón que tan bueno estaba.  Ahora ni caso le hacemos.

¡Cuantos recuerdos! El que peor llevo es haber pasado por debajo de la cimbra desde los cuatro caños hasta la gasolinera (que entonces no existía) ¡Qué miedo! Todo tan oscuro y peligroso.
También quiero tener un recuerdo para mi maestra, Doña Enriqueta, que nos dejaba los recreos libres para hacer estas travesuras.
Los niños siguen teniendo la misma suerte de poder jugar en la calle, pero hay una cosa que ha cambiado. Ahora oigo:
- ¡Vamos que te tienes que duchar! Ese problema no lo teníamos nosotras. Mi madre con una toalla mojada nos daba en la cara, brazos y piernas. Y una vez a la semana, en un lebrillo o barreño, nos daba un baño. También teníamos la mimbrera y el hondón para bañarnos en verano.
No es lo mismo darle al grifo que subir el agua del cañico, que era el que más cerca teníamos.
¡Qué buenas y necesarias son las duchas!, pero que gastazo de agua tenemos y a veces despilfarro en las casas y lo que no son las casas.
Aquí se salvan los más mayores que son los únicos que saben cuidar y valorar las comodidades que hoy tenemos.
Cuando hicieron la depuradora, pensé, bueno por lo menos algo se recupera para otros menesteres. Por ahora vamos con suerte que no tenemos recortes de agua, espero que nos dure, pues son muchos los nacimientos de agua que hemos visto secarse y eso es preocupante.

A los once años cambió mi vida. Mis padres se habían ido a Francia a trabajar y mis hermanas y yo nos habíamos quedado con las abuelas. Fue el año de los terremotos.
Cuando mis padres ya tenían trabajo y casa, mi madre vino a por nosotras. Ella sin saber nada de los terremotos venía por Valencia y escuchó a alguien decir lo que estaba pasando en esta parte de Granada. Esos días nos habíamos ido a Cullar huyendo del miedo. Nos bajamos de la Autedia cinco niños (Mª Carmen con meses) una abuela y mi tía Alodía, sin saber donde ir, buscando una fonda. ¡Y allí estaba nuestro Ángel de la guarda! Que nos preguntó si eramos de Orce y si teníamos a donde ir. Nos dijo que él ya tenía una familia acogida y nos llevó a casa de su hermana que vivía enfrente de la pastelería Kika. Como estábamos cerca de la parada de autobuses mis hermanas y yo nos entreteníamos viéndolos llegar. Y un día en uno de ellos estaba mi madre. Ella no sabía que estábamos en Cullar y nosotras no sabíamos que venía. ¡Qué sorpresa! Nos quedamos un día más en Cullar y volvimos a Orce.
Nuestro agradecimiento eterno con la gente de Cullar. Cuando tanto se hablaba de los terremotos de Lorca, llamé a Canal Sur radio, no dí mi nombre, solo quería hablar del pueblo de Cullar y de su gente y decirles que, aunque han pasado los años, Orce sigue agradecido. Y al poco tiempo vinieron e hicieron un reportaje de lo que entonces pasó.
Por mucho que le dolió a mi madre dejar a su familia, con esos terremotos que no paraban, nos fuimos a Francia.
No me acuerdo mucho del viaje, que fue muy largo, y cuando llegamos a Roujan, después de la alegría del encuentro, nos dijo mi padre que estábamos muy negras. ¡Cómo no íbamos a estarlo si vivíamos en la calle debajo de las acacias de la era de mi abuela!
Y después de la vendimia a la escuela. A mis hermanas las pusieron con niñas más pequeñas y a mí con las que se estaban preparando el graduad escolar. Me sentaron al lado de una española que me hacía de intérprete.
La maestra, Madame Comète, me hacía leer en voz alta y claro todas las niñas se reían. ¡Que mal lo pasé!
Tuve que aprenderme una poesía de memoria, sin saber lo que decía, pero que nunca he olvidado. Y la voy a recitar en honor a todos los españoles que aprendían francés y a los franceses que aprenden español.
Dice así:

Les zéphirs se donnent oux flots,
les flots se donnent a la lune,
les navires aux matelots,
les matelots â la fortune.
Tout ce que l’univers conçoit
nous apporte ce qu’il reçoit
pour renche notre vie aisée.
L’abeille ne prend point du ciel
le doux present de la rosée
que pour nous en donnen le miel.


Y en tres años que estuve con esta maestra aprendí el francés a la perfección y me saqué el graduado. Después, dos años más en un colegio de chicas, nos enseñaban a coser y a cocinar entre otras cosas. Este colegio era un internado y había marroquíes, hindúes, católicas, protestantes. De todas las razas y de todas las religiones y todas estábamos muy unidas.
Yo ya tenía dieciséis años, y podía haber estado hasta los dieciocho en este internado, pero a mi padre no le gustaba vivir en Francia y decidió volver a Orce. Mis hermanas y yo nos hablábamos en francés y él decía: ¡En la casa se habla español! Volver fue una lástima por mis hermanas que eran muy buenas en los estudios.
También diré que mi ídolo era Adamo.
Durante esos años veníamos en verano, teníamos un coche amplio, el Ariana, era semi-viejo y ¡cómo se calentaba el joío en las cuestas de Garraf!
En Septiembre vendimiábamos, como todos los que iban,  que entonces eran muchos ¡Qué alegría cuando llegaba el autobús lleno de orcerinos!  Entre ellos mis tíos y mi abuelo.
Estuvimos a gusto en Francia y la felicidad llegó con el nacimiento de mi hermano Alfonso. Era nuestro juguete. Así que tengo un hermano francés, de padres españoles, residente en Barcelona y que le gusta mucho venir a Orce. Aparte de sus padres y hermanas, tiene a sus sobrinos y resobrinos que lo adoran.

La alegría de vivir en Orce nos duró dos años. Los paisanos que tenemos en Torelló le decían a mi padre que allí había trabajo, y mi madre lo convenció en irnos, para así mantener la familia unida.
Fueron dos años muy felices. Yo dormía con mi prima Lola, a ella le sobraban camas y nosotros no cabíamos en casa de mi abuela.




Me compraron una máquina de hacer punto, que aprendí en casa de las merguizas. Mucha gente tenía máquina y era trabajo para el pueblo.








Las amigas me ensañaron a bailar en el salón de los fragüeros y también, me eché novio.
Irnos a Barcelona fue duro, íbamos por la mitad del camino y todavía llorábamos. Nos fuimos en Diciembre, ¿No sé por qué? Y lo que más me chocaba era que la gente trabajaba todo el día. -Pues,¿cuándo iban a hacer los mantecados y los rosquillos para Navidad?- Me preguntaba yo. Ese olor a pino del horno de la joven y esos dulces recién sacados que nos comíamos aunque estuvieran calientes.
¡Cómo los eché de menos!

Mi agradecimiento a las hijas de Purilla y demás paisanos que nos ayudaron a encontrar pronto trabajo.
Todos los veranos veníamos a pasar nuestras vacaciones, y el cuarto año vine y me casé con mi novio Pepe, hijo de María la forastera y Joaquín el Lanero. Fue un día muy feliz, la boda se celebró en el salón de los Fragüeros ¡Qué calor! No sé porqué era la costumbre de tomarse el chocolate con churros a mediodía y por la noche la cerveza fresquita. También podía ser al revés. Ahora todo eso ha cambiado.
Nos fuimos de viaje de novios (una semana a Granada) y después a Torelló  donde ya teníamos nuestro piso.
Nuestra hija Mª Ángeles llegó pronto, una niña con síndrome de Down, nosotros estábamos felices con nuestra hija y no nos importaba ¡Cuánto amor recibió esta niña de toda su familia!
Después nació José Joaquín un buen hijo, un buen hermano y con el tiempo
el mejor padre.
Pero los años pasaban y aunque mi madre cuidaba a Mª Ángeles mientras yo trabajaba, llega un momento en que es incompatible el trabajo y una hija que necesita tanto cuidado. Por entonces, llegó  la crisis del ochenta y dos y en la fábrica  los que pedíamos la cuenta nos daban una indemnización y el paro. Pepe que tenía ganas de volver a Orce y a mí me gustaba la idea sobre todo por mis hijos así que ¡Nos vinimos!
Me dio lástima por mis padres y hermanos. Mª Luz ya vivía en Valencia, pero aquí también teníamos a la familia. José empezó la escuela, Pepe a hacernos la casa, y yo a cuidarlos.
Mis suegros y mis abuelas tan contentos de tenernos aquí y yo también.
En Orce nació Sebastián, un sol de hijo, buen hermano y muy servicial para todos, y gracias a él aprendí enfermería(¡Qué manera de darse porrazos con la bici, iba siempre lisiao!).
Y sigo, agradeciendo a toda la familia de mi marido y a la mía que, cuando llegaba la matanza, que yo no tenía ni idea, allí estaban todos para ayudarme.
Aquí parece que eso es normal, que no tiene importancia, pero cuando vienes de un trabajo, que hora que echas hora que cobras, y ves la generosidad con la que te ayudan… eso se queda en el corazón.
Me pasó lo mismo con los agricultores. Siembran, no llueve a tiempo, no recogen o recogen poco, pero ya están preparando la tierra para otro año. Menos mal que de vez e cuando viene uno medio bueno.

Va pasando el tiempo y a los once años de estar aquí mi hija murió, con dieciocho años, una Nochebuena. Se ve que en el cielo faltaba un Ángel esa Navidad. Se queda una tonta, sin saber que hacer, pero yo tenía dos hijos más y los niños no tienen culpa de las desgracias que nos pasan a los mayores y había que seguir, y así lo hicimos sin olvidar a nuestra Mª Ángeles. Aquí, agradezco a mi cuñada Rosita que cuando la necesité, siempre me ayudó.

Y para ir terminando, me faltan los niños y los abuelos.
La vida es como un arco, así la veo yo, primero está la niñez. Todos los niños deberían tener una infancia feliz, son los cimientos de su vida y eso no quiere decir darles todo lo que quieran, ni mucho menos.
Yo no tuve juguetes, ni los eché de menos. Se trata de la dedicación y el cariño que se les da. Me acuerdo que en invierno, al lado de la lumbre, mi madre nos contaba cuentos  y con solo eso éramos felices.
A mí me gustan los niños, será por eso que soy catequista. María Abril decía que eran muy buenos. No, no, María, no son ni buenos ni malos, son traviesos. Pero tenemos recompensa. El año pasado ese grupo de jóvenes, tan numeroso,  se confirmó, yo lo disfruté y agradezco el regalo de fin de carrera.
A los niños aparte de enseñarles las oraciones, (el saber no ocupa lugar) les digo, sobre todo a los mayores, lo peligroso que es un falso testimonio y las consecuencias que eso conlleva. Y que sepan respetar. Respeto entre ellos, con la familia, en la calle, etc.
Para los padres y adolescentes, qué buenos son los consejos del juez Calatayud.

Después de la niñez tenemos esos cincuenta o sesenta años que hay que luchar: estudiando, trabajando, criando a los hijos, cuidando a los mayores, ayudando a los nietos. Hay bueno, malo, regular, triste, alegre… pero es normal. Es nuestra vida.

Y la otra punta del arco es la vejez, Aquí depende de la mentalidad de la persona y de su salud, por supuesto. Pero un ¡olé! A todo aquel que la vive y la disfruta con optimismo. A mis abuelas las he querido muchísimo, eran diferentes en el carácter y sus vidas también fueron diferentes y penas no les faltó a ninguna.
La madre de mi madre se quedó viuda en la guerra civil y tuvo que luchar para criar a dos niños pequeñas. Fue un desgracia que les pasó a muchas mujeres. Se merecen un monumento. Mi madre y mi tía se quedaron sin padre, pero ahí estaba su tío Antonio el Aludío para hacer de padre y también de abuelo.
El papa Nono cuanto nos hizo reir en las matanzas y cuando nos juntábamos. ¡Que buena persona era!
La madre de mi padre (Carmencilla) persona generosa, con una gracia y un “don” especial. Mucha gente se acordará de ella. Mis amigas, las de mis hermanas, las de mis primas, vecinos y sobre todo su familia.
Para todo el que llegaba había algo. Daba de lo que tenía y nunca faltaba tarta y chocolate.

Tampoco se me ha olvidado mi abuelo Sebastián, (El papa Chan) él no tenía ganas de zagales, no le gustaban, pero era el que nos daba una pesetilla que necesitábamos para ir al cine. Y eso es de agradecer.

¡Que buena es la relación abuelos y nietos!
Los niños crecen con otros valores. Yo ahora como abuela, lo estoy disfrutando.

Y como se trata de agradecimiento. Quiero tener un recuerdo a Luís Sanjuán, que con su generosidad, muchos niños de Orce disfrutaron de su viaje de estudios, uno de ellos mi hijo.

Un saludo a mis sobrinos, que saben que los quiero, nuera, cuñados, primos, tíos, vecinas, amigas y coro. Y a todos los que se han ido, un beso.

Gracias por la paciencia que habéis tenido en escucharme.

Desearos unas felices fiestas, muy felices, a los que estamos aquí y a los que vienen con la ilusión de volver a su pueblo. ¡Que de eso sé yo algo!

Y ya me despido con una oración que aprendí de mi abuela. Dedicada a la Virgen que para eso es su fiesta.
Te acompaño en la calle de la amargura
Virgen de los Dolores, bendita y pura
No ves mi llanto
Yo también madre mía padezco tanto.
He perdido el sosiego, la paz, la calma
Y en un mar de penas, vive mi alma
Nadie se compadece de mis tormentos
Solo tú, madre mía, ves lo que siento.
Aunque en el mundo hay criaturas buenas
Hay muchas que no saben lo que son penas.
Por eso te suplico que desde el cielo
Me prestes amoroso dulce consuelo.
Mi corazón te llama, te necesita
No me abandones nunca, Virgen bendita.
Para vivir, tu amparo me es necesario
y he de seguir tus huellas hasta el calvario
y así que a tus plantas llore y me aflija
Piensa: Tú eres mi madre, yo soy tu hija.

Gracias. Y  VIVA ORCE!!!!!!!